3/2/18

Líderes y jefes



por Mariano Rovatti

Cuando integramos una organización, puede ocurrir que trabajemos detrás del objetivo de crecer dentro de ella, ganando nuevos espacios de poder y mayores niveles de responsabilidad. Para ello, ponemos el acento en nuevos conocimientos y en estrategias exitosas para llegar al logro.

Pero, también ocurre que ese lugar implica conducir a otras personas. Lograr que ellas trabajen a favor de nuestras decisiones. Y podemos sentir que llegamos a esa instancia sin la debida preparación.



Tenemos el conocimiento técnico del puesto, pero no sabemos conducir. No tenemos las habilidades emocionales que requiere el liderazgo. Y ello genera un fuerte estrés fruto de esa inseguridad.

La cultura de las organizaciones todavía está impregnada de una concepción vertical, en donde el jefe -o el capataz que describe Frederick Taylor- es un subordinado con un poder de mando. Obedece y le obedecen. Recibe órdenes y las transmite a quienes van a realizar la tarea.

Llegar a jefe es un ascenso, pero también es fuente de tensión, ya que en cualquier momento puede dejar de serlo. El jefe debe dar cuenta de los resultados de sus subordinados, y para ello está obligado a cumplir con una serie de características y actitudes.

Los jefes usan premios y castigos para controlar las conductas de sus empleados. Así, imaginan que logran motivarlos para el logro de sus objetivos.

Esos objetivos generalmente son previamente definidos en una instancia superior, sin participación relevante de los cuadros medios y bajos de la organización. Además, esas metas determinan per se cuáles metas son razonables. Las que no lo son, quedan descartadas.

Para el jefe su poder se asienta en el cargo que ostenta. El sillón es la fuente de su autoridad. Y su permanencia en él depende de la decisión de un superior.

El jefe hace foco siempre en el por qué, sobre todo cuando algo sale mal. Justificado en aprender la lección para que no vuelva a ocurrir, gasta tiempo en buscar culpables y en castigar con dureza el error.

Así, los equipos dirigidos por jefes, viven en un estado de tensión, miedo y agobio permanentes. Luchan y se cansan, marchando de objetivos que no sienten propios.

Sólo se orientan a resolver problemas cotidianos, conformándose con tratar de hacer las cosas. Al no sentirse parte de la meta, su satisfacción se agota en el mero esfuerzo por conseguirla.

Cuando no logren el objetivo, hallarán siempre a mano una justificación. Discutirán por determinar quién tiene razón, o de quién fue la culpa. Todo lo harán por preservar su imagen.

Pero hay otro modelo de conducción, que es el del líder.

El líder construye su liderazgo, y no necesita del cargo para ello. Más bien, el cargo es la consecuencia de ese liderazgo previamente desarrollado.

Más aún, dentro de una organización, un jefe puede ser liderado por uno de sus subordinados.

El líder inspira a sus empleados a decidir lo mejor para el conjunto. Para ello es necesario que el líder sea coherente: su conducta tiene que coincidir con su discurso. El mismo tiene que representar el cambio que pretende para su equipo.

En ese proceso, es fundamental la confianza que demuestre a sus empleados. Esa confianza se basará en la conciencia de haber sembrado lo mejor en ellos: tiempo, capacitación, cercanía, honestidad.

También será primordial en esa construcción de liderazgo, la capacidad para generar compromisos en las personas que conduce. Ellas ya no cumplirán por obediencia o temor, sino por haberse comprometido. Y como hemos visto, el compromiso es el máximo acto de la libertad.

En cada uno de los miembros de su equipo, generará un vínculo basado en la responsabilidad. Cada uno tendrá la responsabilidad del 100% del resultado. Nadie será guardián de su quinta, sino garante del logro total, que beneficie al conjunto.

El líder planteará objetivos irrazonables, fuera de la lógica, más cerca de la utopía que de la cordura. Será más fiel a sus sueños que a la estadística. Invitará a caminar por donde no hay senderos trazados. Y luego, verá con su gente cómo los lleva a cabo.

Se focalizará en los resultados y en sus para qué. En qué le cambia la vida lograrlos. Siempre verán al futuro como una posibilidad

La razón de ser del líder será liderar a otros líderes. Y por ello no verá como una amenaza su surgimiento, sino como una victoria personal.

Los equipos conducidos por líderes serán innovadores, creadores de posibilidades. Cada problema será un desafío y no un drama. Estarán dispuestos a esfuerzos extraordinarios y los afrontarán sin abatimiento, porque su deseo es más poderoso.

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